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LA
SUCESIÓN APOSTÓLICA Y LA INFABILIDAD PAPAL
(Extracto de "A las fuentes del cristianismo" de Samuel
Vila. ED. CLIE)
La
Iglesia Católica enseña:
1.1
Que el Señor Jesús, en las palabras dichas al apóstol san Pedro: "Tú
eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia... Y a ti daré las
llaves del reino de los cielos; y todo lo que ligares en la tierra, será
ligado en el cielo" (Mateo 16:18), hizo a este santo apóstol
cabeza de la iglesia, lo cual implica, necesariamente, otorgarle el don de
la infalibilidad.
2.1 Que san Pedro fue el primer papa en Roma y traspasó esta dignidad a
un sucesor, con el privilegio de que el don de su infalibilidad se
perpetuara a través de los siglos.
El Santo Evangelio dice:
"A
nadie llaméis padre vuestro sobre la tierra; porque uno es vuestro Padre
que está en los cielos.
Ni os llaméis maestros, porque uno es vuestro Maestro, el Cristo,
y todos vosotros sois hermanos" (Mateo 23:9, 11). (Nota:
Papa significa "padre venerable")
Es evidente que el Señor Jesucristo dio un gran privilegio a san Pedro al
constituirlo fundador de su Iglesia, y el primero que abrirla a los
gentiles las puertas del reino de Dios (Ver Hechos 10); pero las palabras:
"Todo
lo que ligares en la tierra, será ligado en el cielo",
sobre las que se pretende fundar la infalibilidad, son una promesa hecha,
no solamente a san Pedro, sino a todos los apóstoles (véase Juan 20:23).
Y también a dos o tres discípulos que se reúnan para adorar a
Dios de todo corazón, cuando dice: "En
verdad os digo, que todo aquello que ligareis sobre la tierra, ligado será
también en el cielo; y todo lo que desatareis sobre la tierra, desatado
será también en el cielo. Además, os digo que si dos de vosotros se
convinieron sobre la tierra de toda cosa que pidieren, les será hecho por
mi Padre que está en los cielos; porque donde están dos o tres
congregados en mi nombre, allí estoy en medio de ellos"
(Mateo 18:18-20).
Aquí
tenemos dos cosas claramente definidas por el Salvador.
Primera, una facultad dada a todos los apóstoles, no a san Pedro
tan sólo.
Segunda, esta facultad es comparada, para mayor abundamiento, a la
que Dios mismo concede, no ya solamente a los apóstoles, sino a cualquier
grupo de fieles sobre la tierra que se conciertan para orar a Dios, sin
que tales palabras signifiquen una promesa de infalibilidad para tales
fieles, lo cual seria una locura pensarlo, sino una promesa de lo eficaz
que es la oración de fe.
Ahora
bien, para los hebreos (ver la Mishná o el Talmud), ligar significaba
"declarar
ilegal una cosa", y desatar significaba "declarar
legal una cosa".
Así leemos que el "rabí
Meir desató (esto es, permitió) la
mezcla de vino con aceite y la unción de un enfermo en día de sábado".
En
cuanto a recoger leña en día de sábado, se dice que la escuela del rabí
Shamai lo ligaba (esto es, lo declaraba ilegal, lo prohibía), mientras
que la escuela del rabí Hillel lo desataba (esto es, lo declaraba legal,
lo permitía).
Cuando
Jesucristo ascendió a los cielos, sólo los apóstoles y discípulos del
Señor que habían estado con Él los tres años de su ministerio sabían
cuáles eran las doctrinas cristianas que se debían enseñar a la
humanidad; por lo tanto, sólo ellos podían ligar (declarar ilegal) o
desatar (declarar legal una doctrina); por esto, aunque la promesa de las
llaves para abrir o inaugurar el Reino por la predicación del Evangelio a
judíos y gentiles, es hecha solamente a Pedro, la de ligar y desligar es
dada a todos los apóstoles.
Ahora
bien, antes de que desapareciesen los apóstoles Dios hizo que estas
doctrinas quedaran registradas en el Nuevo Testamento, que nosotros los
evangélicos tenemos como única regla de fe y de conducta. Procediendo así,
no hacemos más que aceptar lo que Pedro y los otros apóstoles ligaron o
desligaron, mientras que caen en la herejía los que se apartan de
aquellas doctrinas que los apóstoles ataron o desataron, de acuerdo con
la autoridad que les dio nuestro Señor Jesucristo.
Por
otra parte, es interesante notar que la traducción de Mateo 18:18 es
defectuosa en casi todas las versiones católicas y protestantes, ya que
la traducción literal y correcta es la siguiente: "Cuanto
ligares en la tierra, habrá sido ligado en el cielo; y cuanto desatares
en la tierra, habrá sido desatado en el cielo" Esto es
porque los verbos "Ligar" y "desatar", que en las
traducciones corrientes se traducen como futuros imperfectos de indicativo
de la voz pasiva, están en el texto original griego en futuro perfecto.
Para ser más exactos: En el versículo en cuestión tenemos dos futuros
perfectos pasivos: "esomai
dedemenon" ("habrá
sido atado") y "esomai
lelumenus" ("habrá
sido desatado").
Esta forma gramatical se llama parafrásica, y
el ser usada aquí por Jesucristo es toda una revelación.
Esto
indica que los apóstoles no harían sino declarar ligado en la tierra lo
que en el cielo ya habría sido ligado, y desatar en la tierra lo que en
el cielo ya habría sido desatado.
Es decir, el cielo no está supeditado a las decisiones de la
tierra, como parece indicarlo la traducción corriente, sino la tierra a
las decisiones del cielo.
Eso es lógico, y parece extraño que los traductores no se
hubiesen dado cuenta de ello antes, seguramente influenciados por la
Interpretación romanista; pero al volver al texto griego nos damos cuenta
de que Dios no delegó su soberanía a ningún mortal, ni siquiera al papa
de Roma.
No podía ser de otra manera siendo Dios.
I. San Pedro no fue considerado Papa por los demás apóstoles
San
Pedro no fue considerado como superior o papa por los demás apóstoles;
pues poco después de haber pronunciado el Señor las palabras que han
adoptado los obispos de Roma para tratar de probar su primacía, los
propios discípulos estaban disputando "cuál
de ellos seria el mayor"; y Cristo, que tantas veces solía
repetir sus enseñanzas cuando éstas no eran bien comprendidas, no pone
fin a la disputa diciendo: "Ya os he declarado que Pedro ha de ser el
jefe", sino que, poniendo un niño entre ellos, afirma que el primero
será quien sea más humilde (Mateo
18:4).
En los Hechos de los Apóstoles, cap. 8, vers. 14, leemos: "Y
los apóstoles que estaban en Jerusalén, habiendo oído que Samaria habla
recibido la Palabra de Dios, les enviaron a Pedro y a Juan"
Fijémonos:
¡el papa, enviado por sus subalternos a una misión evangelizadora! Sería
más concebible, desde el punto de vista católico romano, si dijera que
san Pedro decidió enviar dos legados suyos para sobrevigilar la misión
samaritana, o que el "Jefe Supremo de la Iglesia" decidió ir en
persona a visitar la obra iniciada; pero que otros le mandaran o le
enviaran, es del todo inconcebible, desde el actual punto de vista de la
Iglesia de Roma.
Pero esto es, sencillamente, lo que declara la Sagrada Escritura;
que en nada favorece la pretensión al papado.
Pero
aún hay otra cosa más grave.
El primer concilio ecuménico se reúne en Jerusalén. ¿Quién
debiera convocarlo y presidirlo sino san Pedro?
Sin embargo, no es así.
Santiago es quien preside y quien formula las conclusiones.
San Pedro asiste como los demás, tomando parte en los debates; y
cuando Santiago, en el discurso final, tiene que referirse al testimonio
aportado por san Pedro, lo hace en las siguientes palabras: "Varones
hermanos, oídme: Simón (Pedro) ha contado cómo Dios primero visitó a
los gentiles para tomar de ellos pueblo para su nombre"
(Hechos 15:14).
¿Se puede concebir mayor osadía? ¡Nombrar al Vicario de Jesucristo con
su antiguo y familiar nombre de Simón, sin darle ningún tratamiento! Si
se alega que los de Santidad, Beatísimo Padre, etc., todavía no estaban
en uso, podía, por lo menos, haber dicho: "El Jefe de la
Iglesia", o "El representante de Nuestro Señor
Jesucristo", ha tenido a bien exponernos cómo Dios primero visitó a
los gentiles, etc.
Pero nada de esto dice Santiago, sino: "Simón
ha contado ..." Simón a secas.
Y lo más admirable es que ninguno de los demás apóstoles, ni de
los millares de fieles que se hallan presentes, protestó contra tamaña
insolencia. ¿Qué significa todo ello, sino que los condiscípulos de san
Pedro no veían en éste sino un apóstol y servidor de Dios, igual que
todos los demás?
Así
se desprende, también, de la enumeración de cargos que san Pablo cita en
su epístola a los Corintios, cuando dice: "Y
a unos puso Dios en la Iglesia, primeramente apóstoles, luego profetas,
lo tercero doctores…" (1ª Corintios 12:28).
Vemos que olvida poner el primero y principal de todos los cargos
eclesiásticos, según los católicos romanos. ¿No era natural que
dijese: "Lo primero papa, luego apóstoles, lo tercero profetas,
luego doctores y pastores, etc."?
Que
san Pablo no reconocía en san Pedro al jefe infalible de la iglesia, sino
un apóstol distinguido, como san Juan o Santiago, se desprende del
incidente de Antioquía.
Dice así el inspirado apóstol: "Cuando
Pedro vino a Antioquía, le resistí en la cara, porque era de condenar...
Cuando vi que no andaban derechamente conforme a la verdad del Evangelio,
dije a Pedro, delante de todos: "Si tú, siendo judío, vives como
los gentiles y no como judío, ¿por qué constriñes a los gentiles a
judaizar?" (Gálatas 2: 11 y 14).
¿Habría podido dirigirse a san Pedro en tales términos, si éste
hubiese sido reconocido por todos los fieles como jefe supremo e infalible
de la Iglesia, nombrado nada menos que por el mismo Señor Jesucristo?
Si
san Pedro hubiese sido papa, si él hubiese entendido por las palabras de
Jesucristo que lo era, tenía el deber de declararlo a sus condiscípulos.
En lugar de hacerlo, en sus dos cartas se limita a titularse
solamente apóstol, como hubiera hecho cualquier otro de los testigos de
Jesucristo; y en el capitulo 5 de su 1ª epístola se da a sí mismo el más
modesto título de presbítero.
Esto es todo lo que sabemos de las pretensiones de san Pedro en días
apostólicos. ¿Pueden fundarse sobre ellas las amplísimas pretensiones
del papado?
El edificio resulta desproporcionado al fundamento; y esto, ni en
el terreno físico ni en el de la lógica puede admitirse en manera
alguna.
II.
San Pedro no fue obispo de Roma ni designó ningún sucesor
Para
poder afirmar el dogma de la supremacía e infalibilidad papal serían
necesarias tres cosas:
1ª
Que el Señor Jesucristo hubiese indicado que los privilegios dados a san
Pedro serían transmisibles a otras personas.
2ª Que san Pedro hubiese ejercido durante un largo tiempo el obispado de
Roma.
3ª Que hubiese nombrado un sucesor, en documento conservado hasta
nuestros días, o del cual tuviésemos noticia por testigos fieles
contemporáneos del gran apóstol.
Pero
nada de esto encontramos en el Nuevo Testamento ni en la Historia de la
Iglesia.
Jesucristo
no dijo una sola palabra acerca de la transmisión de aquellos
privilegios, concedidos en recompensa a la fe de su gran discípulo.
Sus
promesas tienen un carácter netamente personal: "Tú
eres Pedro" "A
ti daré las llaves…" ¿Por qué no habla Cristo de
sucesión?
Porque el privilegio de san Pedro era exclusivo.
Nadie más que él podía abrir o inaugurar la Era de la gracia en
el mundo, como lo hizo el gran apóstol el día de Pentecostés.
III.
El apóstol Pedro no ejerció el pontificado de Roma por 25 años
No
existe prueba alguna histórica de que san Pedro ejerciera el cargo de
obispo de la Iglesia de Roma por 25 años, como pretenden los católicos,
ni mucho menos. Todo lo que dice la Iglesia Católica acerca del
pontificado de san Pedro en Roma, se basa en una tradición posterior en
120 años a la muerte del gran apóstol, en la cual se afirma solamente
que murió juntamente con san Pablo en aquella ciudad.
Según
los Hechos de los Apóstoles, san Pedro se quedó en Jerusalén después
de la muerte de Esteban.
San Pablo, diecisiete años después de su conversión (que no
ocurriría sino algunos años después de la muerte de Cristo), encontró
al apóstol san Pedro ejerciendo todavía su ministerio en aquella ciudad
(Gálatas 1:18 y 2:1). Entonces convinieron los dos grandes apóstoles,
juntamente con Jacobo y Juan, que san Pedro dirigiría la obra entre los
judíos, y san Pablo la de los gentiles (Gálatas 2:7 al 10).
Esta división de territorio excluye toda posibilidad de que san
Pedro llegase a ser el obispo de una iglesia gentil, establecida en la
capital del Imperio Romano.
Y mucho menos que lo fuese durante 25 años, ya que para ello no
solamente habría tenido que faltar a lo pactado con san Pablo, sino que
su muerte debería haber ocurrido por lo menos 20 años más tarde de la
fecha en que la tradición dice que murió.
Existe
una primera epístola del apóstol san Pedro, escrita en edad avanzada, en
la cual el propio apóstol se declara residente en Babilonia (1ª Pedro
5:13).
Algunos comentadores católicos han pretendido que con este nombre
trataba de ocultar el de Roma.
Esto podría alegarse si hubiera para ello otros indicios, por
ejemplo: que en la misma halláramos citados nombres de cristianos de la
Iglesia de Roma, como los tenemos en las cartas de san Pablo; pero
sabiendo que Babilonia existía en días del apóstol con buen número de
habitantes (entre ellos muchos judíos, a cuya evangelización san Pedro
se había dedicado), y no habiendo otros indicios que prueben lo
contrario, es mucho más natural creer que se refiere a la Babilonia bañada
por el Eufrates.
En la 2ª epístola de san Pedro, escrita poco antes de su muerte,
según manifiesta el propio apóstol en su cap. 1º, vers. 14, no hay
tampoco el menor indicio de que escribiese desde Roma, pues no menciona a
ninguno de los grandes cristianos que por las cartas de san Pablo sabemos
que vivían en Roma, a la sazón.
Esta
falta de pruebas de carácter positivo es una gran dificultad para los católicos
romanos.
Pero veamos ahora las que contradicen el obispado de san Pedro en
Roma.
Cerca
del año 58 (o sea después de dieciséis años de pontificado de san
Pedro en Roma, según la tradición católica), san Pablo escribe su carta
a los Romanos, y en ella no hace
mención alguna a su obispo: aquel gran apóstol tan bien conocido por
san Pablo, como vemos en otras epístolas suyas.
Al final de esta carta hay una lista de 27 cristianos de Roma, a
los cuales el apóstol envía saludos, poniendo alguna frase de elogio
para cada uno de ellos; pero no envía
ningún saludo para san Pedro, el pastor de la Iglesia. ¿Es ello
concebible, de ser cierto el pontificado de san Pedro en aquella ciudad?
Como
tres años después, san Pablo mismo llegó a Roma, y muchos cristianos
salieron a recibirle a una distancia de 25 kilómetros. Si san Pedro
hubiese estado en Roma, ¿no tendríamos alguna noticia del encuentro de
estos dos grandes adalides de la misma causa cristiana, por el camino, o
en la capital misma?
Pero ni una palabra de
ello nos dice el autor de los Hechos de los Apóstoles.
San
Pablo residió dos años en Roma, en calidad de preso custodiado, en la
casa que tenía alquilada. Si san Pedro se halló ausente al tiempo de su
llegada, como dicen algunos apologistas católicos, debió haber vuelto en
tan largo espacio de tiempo.
Durante estos dos años san Pablo escribió muchas epístolas, y en
casi todas ellas envía salutaciones de la Iglesia y de varios cristianos
prominentes de Roma; pero nunca menciona a san Pedro. En la carta dirigida a los Colosenses da
los nombres de sus colaboradores, y añade: "Estos
solos me ayudan en el reino de Dios" (Colosenses 4:7, 11).
Pero entre éstos no se
halla san Pedro, cuando de haber sido el obispo de Roma debía figurar
como el primero de sus ayudadores.
En su 2ª carta a Timoteo, refiriéndose san Pablo al final de estos dos años,
cuando fue presentado a Nerón, dice: "En
mi primera defensa nadie me asistió; todos me desampararon: ruego a Dios
que no les sea imputado" ¿Podemos creer
que san Pedro era uno de los que desampararon al gran
apóstol de los gentiles, si hubiese sido el obispo de Roma? ¿No
debía haber aquí una honrosísima excepción a su favor?
Los cristianos evangélicos tenemos demasiada buena opinión del
gran apóstol Pedro, que tan fiel se mostró después de su confirmación
al apostolado, para inferirle la injuria de suponer que se hallaba en Roma
en semejante ocasión.
Poco
antes de su muerte, como lo expresa al decir: "Yo
ya estoy para ser ofrecido, y el tiempo de mi partida está cercano",
el apóstol san Pablo envía por última vez saludos de cuatro cristianos
principales de Roma: "Eubulo,
Pudente, Lino y Claudio" (2ª Timoteo 4:21). (Es este Lino
a quien los católicos suponen sucesor de san Pedro y segundo papa de
Roma).
Pero el nombre de san Pedro
no es mencionado, a pesar de que faltaban pocos días para que, según
la tradición católica, san Pedro y san Pablo fuesen ejecutados juntos en
el monte Tiber, cercano a Roma. De todos estos hechos se deducen, de
un modo indubitable, las siguientes conclusiones:
1ª
Que san Pedro nunca fue obispo de Roma; y que su pontificado de 25 años
es una mera leyenda, ya que no existen pruebas históricas de que él
estuviera, no 25 años, sino ni siquiera una semana, ejerciendo el
pontificado en aquella ciudad; y, en cambio, nos vemos abrumados de hechos
que lo contradicen.
Nuestros
opositores se rasgan las vestiduras ante las palabras de este párrafo.
Sin embargo, ¿dónde está la prueba concreta del pontificado de san
Pedro en Roma, ni por 25 años (lo que es totalmente imposible a la luz
del Nuevo Testamento), ni por ningún período de tiempo?
No existe un documento de la época que lo acredite, ni tampoco
alguna declaración del propio apóstol san Pedro en el sentido de nombrar
un sucesor.
Que
Pedro sufriera el martirio en Roma, es otra cosa. También lo sufrió
Ignacio, y era obispo en Antioquía.
Sin duda, fue sobre este suceso histórico que se trató de
establecer la supremacía (no infalibilidad) del obispo romano sobre los
demás obispos de la antigüedad.
Es
muy extraño que aquellos obispos antiguos que, acuciados por la
conveniencia de formar un bloque en medio de las controversias dogmáticas
de la época, tratan de establecer la supremacía del obispo de Roma como
sucesor de san Pedro, no traigan a luz, en sus tiempos, tan cercanos al
gran apóstol, ningún documento de su pluma, ni de la de los primeros
obispos de Roma, que demuestre que el apóstol les confirió de un modo
concreto tal sucesión y poder.
Por
el contrario, la enorme diferencia que se nota entre el lenguaje simple,
sin pretensiones de poder ni referencia a ninguna sucesión, que
observamos, no solamente en las dos cartas de san Pedro, sino también en
las de los primeros obispos de Roma, como veremos inmediatamente.
Y el lenguaje que usan acerca del obispo establecido en la capital
del Imperio sus compañeros de otras diócesis, atribuyéndole cierta
jerarquía, pero no autoridad plenaria en todos los asuntos, y mucho menos
infalibilidad, demuestra que la sucesión del Pontificado de Roma y la
supremacía papal, a falta de ser un hecho histórico, fue, ante todo, un
deseo; una conveniencia de carácter orgánico para fomentar la unidad.
Conveniencia que la astuta política de los obispos de Roma, que se
sintieron halagados por tal deseo, supo bien aprovechar, y la tradición,
de siglo en siglo, logró totalmente establecer.
2ª
Si se quiere conceder alguna veracidad a la tradición de que san Pedro
murió, juntamente con san Pablo, sobre el monte Tiber, en el año 67, sin
que dicha tradición se halle en contradicción con los documentos apostólicos,
tenemos que suponer que san Pedro fue llevado preso a Roma muy poco antes
de la fecha de su muerte; y que el encuentro de los dos grandes apóstoles
fue una gran sorpresa para ambos en aquel memorable día, en que iban a
morir juntos.
3ª
Si san Pedro no ejerció el pontificado en Roma, mal podía nombrar como
sucesor suyo a un obispo de aquella ciudad.
Lo
más seguro es que no lo hizo en aquella ciudad ni en parte alguna; pues
el título de Jefe Universal de la Iglesia el gran apóstol de los judíos
(Gálatas 2:8) no lo pretendió jamás, ni ningún cristiano de su tiempo
se lo atribuyó, de modo alguno.
Si
ello era debido a la mucha humildad del fiel apóstol de Jesucristo, como
alegan los católicos, esta virtud de su carácter (poco imitada, por
cierto, por algunos que se han llamado sucesores suyos), no debía
impedirle nombrar un sucesor.
Era su deber hacerlo, para evitar disputas en la Iglesia, si el
cargo existía. ¿Por qué no lo hizo?
Por la sencilla razón de que él había oído decir a Cristo:
"Yo
estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo"
Porque: "Donde
están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy en medio de ellos"
Sabía que la Iglesia era una sociedad espiritual y no mundana, en la que
cada fiel es responsable directamente a Cristo, y no intentó organizarla
como sociedad humana.
Recordaba, también, las palabras del Maestro: "El
que quiera ser el primero, sea el postrero de todos"; y no
trató de darle un jefe visible.
Los
católicos podrán poner en duda estas razones del apóstol (a pesar de
que el sacerdocio universal de los creyentes se halla enseñado bastante
bien en su primera carta, cap. 2, vers. 9), pero lo que no pueden negar es
que no existe documento, de parte del apóstol o de otros cristianos de su
siglo, que demuestre lo contrario.
De
esperar era que en su segunda epístola, cuando el apóstol san Pedro
declara la proximidad de su fallecimiento (cap. 2; vers. 14), dijese a quién
tenían que obedecer una vez él hubiere dejado "su tabernáculo".
Pues en lugar de dar el nombre de un sucesor, se limita a decir
que: procurará dejarles memoria de las cosas de las cuales él había
sido testigo, en cuanto a la vida gloriosa de Nuestro Señor Jesucristo.
Esta promesa quedó cumplida, según los santos padres, en la redacción
del Evangelio de S. Marcos, el cual fue escrito, según Papías, bajo la
inspiración de san Pedro.
Los
católicos tradicionalistas dicen que nombró a san Lino; pero no aportan
de ello ninguna prueba.
Por allá del siglo XII, dijeron que se había descubierto un
documento, no de san Pedro, sino de otros inmediatos obispos de Roma,
declarando que tal nombramiento había tenido lugar.
Nos referimos a las Falsas
Decretales.
Hoy día no hay ningún teólogo católico romano que se atreva
a afirmar la autenticidad de tales documentos. Hay en ellos demasiadas
contradicciones y señales de haber sido redactadas en el siglo XI y no en
el II, para poder apoyar sobre ellos un dogma tan importante para la
Iglesia. Incluso los jesuitas, los más ardientes defensores del papado,
así lo han reconocido.
Pero,
entonces, ¿con qué razón y bajo qué títulos puede llamarse el actual
papa de Roma sucesor de san Pedro?
En virtud de una tradición que se ha prolongado por muchos siglos.
Pero la cuestión no es desde cuántos siglos los obispos de Roma
se consideran sucesores de san Pedro y jefes de la Iglesia, sino si lo son
en realidad.
Si fueron nombrados como tales; si existen pruebas de tal sucesión,
donde debieran ser halladas, en los primeros siglos. ¡Tan fácil como
hubiera sido al apóstol san Pedro resolver la debatida cuestión con dos
líneas que hubiera escrito en las cartas, reconocidas universalmente como
suyas por católicos y protestantes! ¡Una palabra solamente, un nombre:
Lino, y la unidad de la Iglesia hubiera quedado para siempre establecida!
Pero no lo hizo. ¿Por qué?
Primeramente,
porque, como hemos podido ver, un Pedro no tenía relación con estos
buenos cristianos de Roma, entregado como se hallaba a su ministerio entre
los judíos de Oriente.
En
segundo lugar, porque no era Pedro quien guiaba su propia pluma, sino que
como él mismo declara: "Los santos hombres de Dios escribieron
siendo inspirados por el Espíritu Santo> (2.1 Pedro 1:21).
Esta gran realidad se cumplía en su propia persona.
Y el Santo Espíritu de Dios, que conocía los destinos de la
verdadera Iglesia de Cristo, no podía de ningún modo sancionar el
sistema autoritario y abusivo que iba a formarse, en el curso de los
siglos, sobre el nombre del gran apóstol.
La interpretación de los santos padres
La
interpretación que dan a las palabras: "Tú
eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia", no
los ortodoxos, protestantes o evangélicos, sino muchos santos padres,
anteriores al romanismo y al protestantismo, es que la piedra no es la
persona de Pedro, sino la capital declaración que éste acababa de hacer
de que Jesús era el Hijo de Dios.
San Cirilo de Alejandría,
en su cuarto libro sobre la Trinidad, dice: "Por
la roca debéis entender la fe Invariable de los apóstoles"
S. Cirilo de Alejandría, Dial.
IV.
Trinitate, núms. 507-8.
San Hilario, obispo de Poitiers,
en su 2º libro sobre la Trinidad, dice: "La
roca (piedra) es la bendita y sola roca de la fe confesada por boca de san
Pedro"
San Juan Crisóstomo
dice en su homilía 55 comentando S. Mateo: "Sobre
esta roca edificaré mi Iglesia.
Es decir, sobre la fe de su confesión. Ahora bien, ¿cuál fue la
confesión del apóstol?
Hela aquí: - Tú eres Cristo, el hijo de Dios vivo -."
Hom. 54 in Mat. 2; MG 58, 534.
Orígenes
exclama: "Si
suponéis que Cristo fundó su Iglesia sólo sobre Pedro, ¿qué papel
asignáis a los demás apóstoles? ¿Qué les concedéis a Santiago y a
Juan, que también Cristo les puso el sobrenombre de hijos del trueno,
para indicar su gran significación?"
San Ambrosio
escribió: "Petrus
primatum confessio acceptit, non honoris" (Pedro
no aceptó los honores de su primera confesión).
Fabián,
uno de los primeros obispos de Roma (y por ello para los romanistas, un
"Papa"), escribió al emperador Zenón que Cristo había dicho a
Pedro: "Super
ista confessiono, aedificabo Ecclesiam" (Sobre
esta confesión edificaré mi Iglesia) De Incarnat., cap. 4.
San Agustín,
en un comentario sobre la primera epístola de S. Juan, dice: "¿Qué
significan las palabras "Edificaré mi Iglesia sobre esta roca?
Sobre esta fe, sobre eso que me dices: Tú eres el Cristo, el hijo
del Dios vivo" El gran obispo creía tan poco que la Iglesia
fuese edificada sobre san Pedro, que predicaba a su grey en su sermón
XIII: "Tú
eres Pedro, y sobre esta roca que tú has confesado, sobre esta roca que tú
has reconocido diciendo: "Tú eres Cristo, el hijo del Dios
vivo", edificaré mi Iglesia:
Sobre mí mismo, que soy el hijo del Dios vivo, la edificaré, y no
yo sobre ti." Nos permitimos citar, en la propia lengua en que
escribió san Agustín, otra exégesis suya del debatido texto: «Super
hanc petram quam confessus es aedificabo Ecclesiam meam.
Pera enim erat Christus super quod fundamentum etiam ipse a
edificatus est Petrus»
Nuestros
críticos tratan de probar el "Magisterio infalible" de los
obispos de Roma con citas de éstos mismos, y de otros padres de la
Iglesia, en las cuales se refieren con especial respeto al obispo de Roma
como sucesor de san Pedro. Que esta tradición se extendió por la Iglesia
a partir del siglo II (solo como respeto especial, y no como primacía jerárquica)
lo reconocemos y así lo advertimos ya a nuestros lectores; y que fue
objeto de especial respeto por sus compañeros de otras ciudades, también
lo reconocemos; pero lo cierto es que también fue opuesto y contradicho
en algunas ocasiones por obispos y padres muy notables de la cristiandad
primitiva; y es imposible que ello hubiese ocurrido si, efectivamente, la
primacía y la infalibilidad le hubiesen sido otorgadas al obispo romano
por el apóstol san Pedro; si hubiese sido, no una sugerencia o un deseo
de tiempos posteriores, sino dogma de fe desde los mismos tiempos apostólicos,
como lo eran, por ejemplo, la muerte redentora de Cristo, la Resurrección,
la Ascensión, la segunda venida, los milagros del Señor o tantas otras
cosas claramente enseñadas por los apóstoles desde el principio.
Para
que el lector se dé cuenta de lo complicado que es ir tras la tradición
de los padres de la Iglesia, y tratar de asentar nuestra fe sobre la
tradición, les diremos que un antiguo escritor francés, el sacerdote católico
reverendo padre Launoy, tratando precisamente de establecer su tesis del
primado de san Pedro, pero obligado a confesar la verdad acerca de las
encontradas opiniones patrísticas, tuvo que declarar haber encontrado lo
siguiente:
Citas
de padres de la Iglesia en favor de que Pedro
es la roca: diecisiete.
Citas de padres de la Iglesia declarando que la
roca es la fe confesada por Pedro: cuarenta
y cuatro.
Citas declarando que la roca es
Cristo mismo: dieciséis.
Citas que expresan que la roca fundamental de la Iglesia es la fe de todos los apóstoles: ocho
IV.
Los primeros obispos de Roma no fueron papas, ni pretendieron ser
infalibles; y muchos de los que después se arrojaron el título, ni
fueron santos, ni infalibles, ni siquiera verdaderos obispos de la Iglesia
de Dios.
Tenemos
muchas pruebas de que los primeros obispos de Roma no pretendieron el
papado para sí mismos, aun cuando el hecho de ser obispos en la Sede del
Imperio Romano les confería cierta dignidad y respeto de parte de los demás
obispos de la cristiandad.
Esto demuestran las mismas pastorales de los primeros obispos romanos,
tales como la carta de Clemente a los corintios, en la cual no aparece
ninguna pretensión de poder o dominio sobre los demás obispos.
He
aquí el preámbulo y dos fragmentos de la referida carta, que prueban el
carácter cristiano evangélico de aquel a quien los católicos llaman
tercer papa: "La
Iglesia de Dios que mora en Roma como extranjera, a la Iglesia de Dios que
mora como extranjera en Corinto; a los electos santificados en la voluntad
de Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo: sean cumplidas en vosotros
la gracia y la paz de parte de Dios omnipotente por medio de Jesucristo"
Obsérvese que la carta no es de un "Papa", sino de una iglesia
a otra hermana. ¡Cuán diferente de las encíclicas redactadas en siglos
posteriores, tras la invención del papado!
Y
en el cap. 32 declara: "Todos
fueron honrados, todos ensalzados, no por sí mismos, ni por sus obras y
santas oraciones, sino por la voluntad de El.
Pues también nosotros, escogidos por la voluntad de El en Cristo
Jesús, no nos justificamos por nosotros mismos, ni por nuestra sabiduría
o inteligencia o piedad, ni por las obras que hayamos realizado en
santidad de corazón, sino por la fe, con la cual el todopoderoso Dios ha
justificado a todos, desde el principio. A El sea la gloria por los siglos
de los siglos. Amén" (De El
primer siglo cristiano, por Ignacio Errandonea S.I. Editorial
Escelicer.
Carta de san Clemente a los Corintios, págs. 33, 37 y 50.)
Cuando
empezó a debatirse la cuestión de la dignidad de los patriarcas u
obispos de las grandes capitales del Imperio, Teodosio II hizo una ley por
la cual estableció que el patriarca de Constantinopla tuviese la misma
autoridad que el de Roma. Los padres del concilio de Calcedonia colocan a
los obispos de la antigua y nueva Roma en la misma categoría en todas las
cosas, aun en las eclesiásticas.
El VI concilio de Cartago
prohibió a todos los obispos se abrogasen el titulo de obispo de los
obispos, u Obispo Soberano.
Ni
Teodosio, ni los padres
de Calcedonia, ni los de Cartago
se hubieran atrevido a atentar contra las prerrogativas del obispo de
Roma, si éstas hubiesen sido de origen divino y reconocidas
universalmente por la Iglesia desde el principio del cristianismo, en
lugar de ser una cuestión de mera dignidad humana, como ellos lo
entendieron.
Algunos
años más tarde, Nilo,
patriarca griego, escribía al obispo de Roma: "Si
porque Pedro murió en Roma cuentas como grande la Sede Romana, Jerusalén
sería mucho mayor habiéndose verificado allí la muerte vivificadora de
nuestro Salvador"
Otro
testimonio digno de interés son las palabras del propio san Gregorio I (Un "Papa" entre 590-604 d.C.) Habiendo
querido el patriarca de Constantinopla adornarse con el titulo de
"obispo universal", le escribió el de Roma: "Ninguno
de mis predecesores ha consentido llevar este título profano,
porque cuando un patriarca se abroga a sí mismo el nombre de universal,
el título de patriarca sufre descrédito.
Lejos está, pues, de los cristianos el deseo de darse un título
que cause descrédito a sus hermanos"
Y en sus cartas al emperador, dice:
"Confiadamente
afirmo que cualquiera que se llama
Obispo Universal, es precursor del anticristo" Dirigiéndose
al patriarca de Alejandría, Eulogio, escribe: "Os
ruego que no me deis más este título... yo no deseo distinguirme por títulos,
sino por virtudes. Además, no juzgo que sea un honor para mí lo que
cause detrimento a la honra de mis hermanos.
Mi honor es el de toda la Iglesia.
Mi honor consiste en que mis hermanos no sufran en el suyo ningún
detrimento.
Yo recibo mayor honra cuando no se quita a nadie ningún honor... Déjense
las palabras que alimentan la vanidad y hieren la caridad." (Ad
Eulogium episcopum Alexandr.; ML 77, 933).
Sea cual fuere el concepto que Gregorio el Grande tuviese acerca
del primado de san Pedro y la sucesión apostólica del obispado de Roma,
lo cierto es que debería ser bastante diferente del de los papas
posteriores, pues ¿en qué sentido juzgaba que el título de obispo
universal causaba detrimento a sus hermanos obispos de otras iglesias?
Si era un título legítimo, y no una exageración, todos deberían
concedérselo, y él mismo aceptarlo sin reparos.
Otra
prueba concluyente de que los primeros obispos de Roma no eran reconocidos
sino como obispos de especial dignidad, y no como pontífices infalibles
de la Iglesia, lo prueba el hecho de que tantos concilios se celebrasen
sin ser convocados ni presididos por ellos, frecuentemente aun en oposición
a los deseos del obispo de Roma. ¿Quién ignora que el gran Osio, obispo
de Córdoba, fue quien presidió el gran concilio ecuménico de Nicea,
convocado por el emperador Constantino, y redactó sus cánones? El mismo
Osio, presidiendo después el concilio de Sárdica, excluyó al enviado de
Julio, obispo de Roma. ¿Se quiere mayor prueba de la independencia con
que obraban los grandes cristianos del siglo IV con respecto al obispo de
Roma?
La
primera noticia que la Historia nos ofrece sobre disciplina eclesiástica
de la Iglesia Cristiana en España es
una negación de las pretensiones del pontífice romano.
He aquí la auténtica historia:
Basílides
y Marcial, obispos de León-Astorga y de Mérida, habían claudicado
durante la persecución de Galo, apostatando públicamente del
cristianismo en el año 254.
Por esta y otras faltas fueron depuestos de sus cargos por sus
iglesias.
Una vez cesó la persecución, éstas nombraron para sustituirles a
Sabino y Félix. Basilides se había mostrado arrepentido al principio, y
aun había rogado que se le admitiese en la Iglesia como simple laico;
pero cuando fueron nombrados sus sucesores, tanto él como Marcial
rehusaron someterse; y Basílides marchó a Roma a referir el caso al
obispo de la capital del Imperio, que se llamaba Esteban, quien abrazó su
causa y escribió a las referidas iglesias para que admitiesen a sus
antiguos pastores.
Pero las iglesias, en lugar de obedecer la orden del patriarca de
Roma, escribieron a otro patriarca, al gran Cipriano, obispo de Cartago.
Este convocó un concilio de 36 obispos, y después de examinado el
asunto aseguraron a las iglesias españolas que la destitución y nueva
elección de pastores había sido hecha conforme a la costumbre de las
iglesias cristianas y según la voluntad de Dios; que debían desatender
la injerencia de Esteban, obispo de Roma, quien, sin duda, había sido mal
informado por Basílides, y que tanto éste como Marcial sólo podían ser
recibidos de nuevo en la Iglesia como penitentes.
¿Habríase atrevido a tomar esta decisión y a dar semejante consejo el
piadosísimo san Cipriano si él creyera, como los católicos de hoy, que
el obispo de Roma era el sucesor de san Pedro, elegido por Dios para
gobernar la Iglesia?
Otra
disputa de san Cipriano con el Obispo de Roma, Esteban, fue sobre la
validez del bautismo practicado por los herejes gnósticos y otros.
A
pesar de que el obispo cartaginés reconocía una autoridad jerárquica en
el obispo de Roma, debido a la tradición ya extendida en la Iglesia de su
tiempo sobre el pontificado de san Pedro y la sucesión apostólica,
estaba muy lejos de considerar a su compañero de Roma como un jefe
infalible al estilo de los católicos de nuestros días, cuando escribía
a un cristiano llamado Pompeyo: "Te
he enviado una copia de la respuesta que nuestro hermano Esteban (Obispo
de Roma)
ha dado a nuestra carta, al leer la cual te darás cuenta del error en que incurre al esforzarse en sostener la causa de los herejes
en contra de la Iglesia de Dios; pues entre otras cosas insolentes,
inconvenientes y contradictorios que ha escrito, temeraria e
irreflexivamente, ha añadido ésta: Que si alguno viene a nosotros de la
herejía, se siga la costumbre de la tradición, …" Ep. 74, Ad Pompeium
Y
continúa replicando san Cipriano:
"¿De
dónde viene la tradición? ¿Procede de la autoridad de Nuestro Señor y
de los Evangelios?
Dios testifica que debemos cumplir las cosas que están escritas;
así lo declara en el libro de Josué: "El libro de esta ley nunca se
apartará de tu boca, antes meditarás en ella de día y de noche, para
que observes todos las cosas que están escritas..." ¿Qué hacemos
cuando el agua de la cañería (se
refiere aquí san Cipriano a la tradición)
falla? Vamos a la fuente."
Cf. Ad Pompeium
¿Qué les parece a nuestros lectores católicos? ¿Creía el padre de la
Iglesia san Cipriano en la infalibilidad del obispo de Roma o no?
Y así es el caso con otros padres, incluyendo al propio san
Agustín.
Este
piadoso doctor, honor y gloria de la Iglesia Cristiana, siendo secretario
del concilio de Melive, escribió, entre los decretos de esta venerable
asamblea: "Todo
fiel u obispo que apelase a los de la otra parte del mar, no será
admitido a la comunión por ninguno en las Iglesias de Africa"
Arguyen nuestros adversarios citando otras frases respetuosas de san
Cipriano o san Agustín hacia el obispo de Roma.
Por ejemplo: el documento redactado por el Concilio Norteafricano
de Melive (s. V d.C.), dirigido a Inocencio, en el cual dice: "Hecho
esto, Señor Hermano, hemos juzgado que se debía pedir a tu santa caridad
que la autoridad de la Sede Apostólica se añadiese a lo estatuido por
nuestra mediocridad, para proteger la salud de muchos y reprimir también
la perversidad de algunos." (Véase E. Amann, Conciles
de Mileve; ML 33, 762-4.) Nótese, empero, la autonomía con que
obraban estos antiguos obispos, llamando al de Roma simplemente hermano y
atreviéndose a establecer ellos mismos estatutos sobre los cuales no
piden más que el visto bueno de su compañero de Roma.
Es innegable que aquí hay un respeto, pero no sujeción absoluta;
y por la independencia con que obran en los asuntos eclesiásticos, es
bien de suponer que de haber vivido estos grandes hombres, no en el siglo
IV, cuando había en la supuesta cátedra de san Pedro obispos virtuosos,
sino en el siglo XV, ante la terrible corrupción que existía en el
centro orgánico de la cristiandad occidental, se habrían adelantado a
Lutero en la proclamación de una Reforma religiosa y de independencia de
la autoridad papas.
Que
estos padres del siglo IV reconocieron, con todo, una autoridad jerárquica
al obispo de Roma es cosa innegable, pero no le atribuían infalibilidad,
cuando disputaban con él u obraban con una independencia que escandalizaría
hoy a cualquier católico.
Sin
embargo, todo el edificio del sistema católico romano descansa sobre la
infalibilidad papal.
Autoridad jerárquica la reconocen también los cristianos evangélicos
de cada grupo en los presidentes de Convenciones, Sínodos u otras
agrupaciones eclesiásticas: ya que ello es muy útil para el desarrollo
de la obra y las relaciones de unas iglesias con otras.
Pero infalibilidad, solamente en Cristo y los escritos de sus
inmediatos testigos: Los apóstoles.
De
este modo puede el cristianismo evangélico desarrollarse, renovándose
constantemente, como ocurre con la misma naturaleza.
En virtud de la vida divina que el Espíritu Santo imparte en las
almas, los mismos fieles se multiplican en iglesias y organizaciones
diversas que rivalizan mutuamente en el propósito de ser más y más
leales a su común Señor; poniendo más énfasis unos grupos en un
detalle; otros en otro, y oponiéndose a las corrientes de error, por alta
que sea su procedencia."
El
católico romano, en cambio, no puede sino acatar y aceptar lo que viene
de arriba, por mucho que repugne a su conciencia o a su corazón. El
estancamiento espiritual y la cauterización de la conciencia es el
resultado inevitable de tal sistema.
El papado a través de la Historia
Que
los papas de Roma no han sido nunca infalibles se prueba abundantemente
por la Historia.
Para
ello no necesitamos citar a los que, como Esteban V y Formoso I, no se
perdonaban ni en la muerte, anatematizando y excomulgando el cadáver del
antecesor; ni a los que, como Benito IX, Juan XX y Gregorio VI, compraban
y vendían la silla papal por florines de oro; nuestro espacio no nos
permite tampoco citar a todos los que, como Urbano VI, Clemente VII y
Gregorio IX, se la disputaron con mutuas excomuniones; ni a los muchos que
la ocuparon por la fuerza de las armas.
Tampoco
nos entretendremos en relatar las historias inmorales y llenas de crímenes
que relata el cardenal Baronio y otras autoridades de la Iglesia Católica,
acerca de los Borgia, los Médicis, los Urbanos y Clementes, y otros
"infalibles" de la lista papas, pues no lo permite el carácter
de esta obrita; pero sí creemos que, de haber sido el plan del Salvador
que un hombre le representara a través de los siglos en la tierra,
hubiera escogido para ello a hombres virtuosos y abnegados, que no han
faltado en la cristiandad, como san Bernardo, san Vicente de Paúl, san
Francisco de Asís, san Juan de la Cruz, san Francisco Javier o el gran
catalán Raimundo Lulio.
Pero sucede todo lo contrario. Estos piadosos cristianos estaban al
margen de la política eclesiástica, lamentando la corrupción de la
Iglesia y procurando, en vano, interesar a magnates y prelados en sus
ideales verdaderamente cristianos.
Verdadero origen del papado
Sentimos
tener que decirlo una vez más, pues no quisiéramos herir los
sentimientos de los fieles católicos que se imaginan algo tan diferente,
ni tratar con menosprecio a algunos papas buenos que han existido; pero el
verdadero origen del papado no radica ni en Cristo ni en el apóstol san
Pedro, sino que, como tantos otros dogmas expuestos anteriormente, tiene
como causa originaria las costumbres y prácticas del paganismo.
A
este propósito dice el doctor Hislop: "El
colegio de los cardenales, con el papa por cabeza, es justamente la
contraposición del colegio pagano de los pontífices, con su Pontifex
Maximus, o sea "Soberano Pontífice", que habla existido en
Roma desde los tiempos más remotos, y del cual se sabe que fue
constituido según el modelo del gran concilio primitivo de los pontífices
de Babilonia." Las dos
Babilonias, pág. 340.
Las
dos llaves que el escudo Papal ostenta son una exacta imitación de las
llaves de Jano y Cibeles. Jano fue el dios de las puertas y goznes; y era
llamado Patulcius y Clusius, "el que abre y cierra".
El
término "cardenal" proviene de cardo,
o sea gozne. Afirmaba que esos dioses tenían "Jus vetendi et cardinis", esto es: el poder de dar vuelta a los
goznes, o sea abrir y cerrar.
El
emperador romano era considerado Pontifex
Maximus del paganismo, y como tal tenía que ser adorado. Miles de mártires
cristianos dieron su vida por negar adoración a la imagen del Pontifex
Maximus de la religión oficial del Imperio Romano.
Los
emperadores persas y egipcios pretendían lo mismo, y a todos ellos se les
consideraba infalibles, por ser "participantes
de la naturaleza de los dioses" De ahí que sus leyes no podían
ser mudadas. Wilkinson dice que el rey de Egipto, como Soberano Pontífice,
"era
reverenciado como representante de la divinidad en la tierra"
Wilkinson, Los egipcios, tomo 2,
pág. 68
Gausen,
citando a Estrabón y Herodoto, dice que a los reyes de Caldea se les
besaban los pies.
Aun
el detalle de los abanicos de plumas de pavo real, que acompañan la silla
gestatoria del papa, parecen copiados de los Pontifex Maximus del mundo
gentil.
Es
inconcebible cómo tales atributos y tratamientos han llegado a ser
aplicados a obispos o pastores de la Iglesia cristiana de Roma, la cual
tuvo en su origen hombres tan evangélicos y humildes como Clemente, sin
que su bondad les hiciera infalibles, como lo prueba ese obispo romano en
su ilustración del ave fénix. Leyenda pagana que cita como un hecho
real.
Y si no fueron infalibles ellos, que vivieron tan cerca de la
fuente de la revelación cristiana, ¿cómo pueden pretender serlo sus
sucesores, tantos siglos después?
¿Es indispensable el papado en la Iglesia?
Dicen
los católicos: Si en cualquier industria o asociación humana es
indispensable una jefatura suprema, ¿cuánto más necesario no es en la
Iglesia, sociedad espiritual? ¿Podía Dios dejar al juicio privado de
cada uno las normas de fe y conducta que los cristianos deben seguir? ¿Y
no era indispensable que el jefe de la Iglesia fuese infalible para que,
sin peligro de errar, pudiera guiar a todos los fieles por la senda de la
verdad, a través de todos los tiempos?
A esto respondemos que nuestra fe no puede basarse sobre subjuntivos, sino
sobre términos presentes y seguros.
No se trata de lo que debería ser o sería deseable que fuese,
sino lo que es.
Hay muchas cosas en el orden de la naturaleza que nos parece
debieran ser diferentes de lo que son; sin embargo, debemos aceptar la
sabiduría de Dios como superior a la nuestra en aquellas cosas que no
comprendemos.
Si
hubiera evidencias en la Biblia y en la Historia, de la existencia de un
papado infalible, ningún empeño tendríamos en negarlo.
Pero ¿las hay?
Ya hemos visto cuán difícil es conceder el atributo de
infalibilidad a aquellos monstruos de maldad que ocuparon la silla de Roma
en la Edad Media.
Y en cuanto a los mejores papas que han existido, la presunción de
infalibilidad queda descartada al ver cómo se han equivocado a cada
momento al dar su apoyo a causas políticas en las que nunca debieran
haber tomado parte; o al dar su bendición a aquello que Dios no quería
bendecir; y su maldición a aquellos a quienes Dios ha tenido a bien
prosperar de un modo admirable.
Todavía
es menos admisible que dos "infalibles" se contradigan entre sí;
y, sin embargo, cuántas veces le ha faltado tiempo a un papa para
deshacer la obra de su predecesor; y ello no solamente en los asuntos
humanos, sino en otros de orden tan religioso y dogmático como los
siguientes:
Gregorio
I (578 a 590) llama anticristo a cualquiera que se diese el nombre de
obispo universal; y Bonifacio III (607 a 608) persuadió al emperador
Focas a concederle dicho titulo.
Eugenio IV (1431 a 1438) aprobó la restitución del cáliz a la iglesia
de Bohemia; y Pío II (1458) revocó la concesión.
Sixto V (1585 a 1590) publicó una edición de la Biblia, y con una bula
recomendó su lectura; mas Pío VII condenó a todo aquel que se atreviese
a leer la Biblia por sí mismo.
Clemente XIV (1700 a 1721) abolió la Compañía de los jesuitas,
autorizada por Paulo M; y Pío VII la restableció.
Podríamos
hacer esta lista casi interminable, pero ¿para qué?
Estamos
persuadidos de que si nuestro Señor Jesucristo hubiese juzgado necesario
tener un representante visible en la tierra lo hubiera expresado de un
modo que no dejara lugar a dudas; como nos declaró, por ejemplo, el
secreto de su segunda venida, la ruina de Jerusalén o la extensión del
Evangelio a todos los países del mundo. Luego, habría hecho que hombres
verdaderamente santos e infalibles ocuparan siempre tan alto sitial.
Cuando así no ha sido, es porque se reservaba a sí mismo, por su
Santo Espíritu, la dirección de la Iglesia.
Indudablemente,
Dios quiere, en esta época de prueba para el mundo, que andemos por fe; y
un papado infalible hubiera requerido un milagro constante, incompatible
con el régimen que el mismo Señor Jesucristo preconizó al incrédulo
Tomás, diciéndole: "Bienaventurados
los que creerán sin ver" Se ha dicho, con razón, que un
papa verdaderamente infalible se habría hecho tan evidente en un mundo de
hombres falibles que no habría ningún ateo, pagano o protestante capaz
de negar su autoridad.
El
genuino cristianismo evangélico no se crea ídolos humanos ni se forja
ilusiones de privilegios que la realidad desmiente.
Creemos que no debe ser indispensable un jefe infalible para la
Iglesia cuando Dios no nos lo dio.
El Dios que ha puesto una inmensa variedad en la naturaleza, y que
nos ha ocultado por un tiempo sus secretos para que los hombres los vayan
descubriendo por sí mismos, quiere también, en el dominio espiritual,
que los hombres anden por sí mismos, usando su buen sentido para
interpretar los escritos inspirados que nos dejaron sus santos apóstoles
y profetas.
Estos escritos no son, en modo alguno, oscuros ni propensos a hacer
errar en todo aquello que es indispensable y básico para nuestra fe.
Ventajas y peligros del sistema romano
Que
el reconocimiento de una autoridad jerárquica, tan bien organizada como
la posee la Iglesia Católica Romana, puede tener ciertas ventajas para
una gran iglesia en el aspecto material no vamos a negarlo; pero tiene
también muchas desventajas, sobre todo en los dos aspectos siguientes:
1º
Mata el estímulo para la búsqueda de la verdad y de la voluntad de Dios,
según la tenemos revelada en la Sagrada Escritura. La filosofía
religiosa no tiene ninguna razón de ser si un representante de Dios en la
tierra puede declarar el pensamiento divino en todos los asuntos de fe.
Los grandes filósofos del cristianismo podían ahorrarse el
trabajo de pensar y de escribir si, mientras ellos trataban de hilvanar lógicamente
los misterios de la religión, un hombre inspirado, desde la silla romana,
podía declararles la verdad sin error posible.
La misma ciencia debe andar con mucho cuidado para no chocar con
semejante atributo del supuesto representante de Cristo en la tierra.
El papa no fue declarado infalible hasta el año 1870; pero como quiera
que el espíritu que se plasmó en la declaración del dogma existía
desde mucho antes, ello dio lugar a errores como el de la condenación de
Galileo, que los apologistas católicos se ven apurados para justificar.
Es
tan fuerte el compromiso en que se encuentra hoy día el catolicismo
romano para salvar el dogma de la infalibilidad, que ya empieza a
tambalear, sobre todo desde el Concilio.
El Nuevo Catecismo Holandés afirma
que "el papa sólo puede declarar lo que la Iglesia Universal
cree"; expresión muy ambigua, pero que difiere mucho del tono con
que hasta ahora se había venido hablado del papado.
El
obispo misionero holandés F. Simons, en su libro Infalibilidad y
evidencia (traducido y publicado en Barcelona en 1970), niega rotundamente
la infalibilidad, tanto del papa como de la Iglesia, asegurando que sólo
la Palabra de Dios es infalible, y que la prerrogativa de la Iglesia no es
infalibilidad, sino fidelidad.
El
golpe más fuerte al papado lo ha dado, empero, más recientemente, el
jesuita español José María Diez Alegría en un libro publicado en
Bilbao que lleva por título Creo en
la Esperanza, el credo que ha dado
sentido a mi vida, en el cual el conocido profesor de la Universidad
Gregoriana de Roma afirma: "Respecto
al magisterio pontificio es necesaria una rigurosa desmitificaci6n.
Este magisterio ordinario -escribe- no
tiene ninguna infalibilidad.
Se puede equivocar y se equivoca frecuentemente" Y añade
más adelante: "Que
el sucesor de Pedro el pescador, llamado, a partir del medievo, Vicario de
Cristo, posea un capital de 500 a 1.000 mirones de dólares, es una cosa
degradante e inquietante"
Creemos
que ningún protestante podría hablar, en nuestro siglo, en términos más
fuertes.
2º
Coarta la iniciativa individual en el trabajo cristiano. El sacerdote católico
trabaja siempre bajo el temor de merecer la censura de su obispo aun en
aquello realizado con la mejor intención; y éste no se siente menos
acobardado ante la autoridad superior en sus mejores propósitos y
empresas.
El
cristianismo evangélico trabaja con mucha más libertad, y su diversidad
le sirve de estímulo y de emulación para toda clase de labor cristiana.
En estos últimos tiempos se está formando en las iglesias evangélicas
una corriente, cada vez más fuerte, que tiende a fomentar una unidad
cristiana que no ponga ataduras al pensamiento religioso y armonice el
trabajo misionero.
Este
mismo ideal de armonía, dentro de la más amplia libertad cristiana, es
lo que encontramos en la simple y autónoma organización eclesiástica de
las iglesias apostólicas y en la ejecución de sus empresas misioneras.
Y en estas iglesias apostólicas y sus sucedáneas no encontramos
una organización clerical tan fuerte como en la romana, y mucho menos,
como ya hemos demostrado, vestigio alguno de un papado infalible.
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