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Estimado amigo,
Te dejo con el
tercer mensaje de la serie "La Divinidad de Cristo Vindicada".
Te recomiendo que lo leas y lo medites (no te llevará más de 10
minutos antes de acostarte, como devocional, por ejemplo). Se
trata aquí de hacer caso a las advertencias dadas por el santo apóstol
a la Iglesia:
"Guardaos
de los perros, guardaos de los malos obreros, guardaos de los
mutiladores del cuerpo. Porque nosotros somos la circuncisión,
los que en
espíritu
servimos a Dios y nos gloriamos en Cristo Jesús, no teniendo
confianza en la carne"
(Filipenses 3:2-3)
Desde ciertos sectores judaizantes se pone en
duda de manera sibilina y velada, sin decirlo claramente de una vez por
todas, la Divinidad de Nuestro Señor Jesús, su Filiación Divina, la
fiabilidad del Mensaje Neotestamentario tal y como nos ha llegado (la
fiabilidad de las Escrituras), la salvación por Gracia y otros pilares
del cristianismo (que en lengua hebrea no es sino mesianismo), se me
hace preciso, como dice Judas en su epístola:
"que
contendáis ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los
santos. Porque algunos hombres han entrado encubiertamente, los que
desde antes habían sido destinados para esta condenación, hombres impíos,
que convierten en libertinaje la gracia de nuestro Dios, y niegan a Dios
el único soberano, y a nuestro Señor Jesucristo" (Judas
1:3-4)
No te lo van a
decir abiertamente, e incluso te dirán que no creen así, pero esta es
una realidad que se está infiltrando en la iglesia y de la cual nos
avisó no solo el mismo Señor, sino profusamente sus apóstoles.
Te dejo con el
estudio:
CRISTO, EL MISTERIO DE DIOS
«Y a Aquel que es poderoso para estableceros
según mi evangelio y la predicación de Jesucristo, conforme a la
revelación del misterio que ha sido guardado en secreto por las edades
sin fin, pero que ahora es manifestado y que por medio de las escrituras
de los profetas, conforme al mandamiento del Dios eterno, se ha dado a
conocer a todas las naciones para guiarlas a la obediencia de la fe; al
único Dios sabio, por medio de Jesucristo, sea la gloria para siempre.
Amén» (Ro. 16:25-27).
El maravilloso misterio de Dios es lo que Dios ha hecho y hará a través
de Jesucristo. El misterio de Dios no es otra cosa que la mismísima
persona de Cristo y todo lo relacionado con ella:
1) La proclamación del reino (Mr. 4:1 l).
2) El escándalo y la locura de la Cruz (1 Co. 1:18-25), que sin embargo
revela la suprema sabiduría de Dios (1 Co. 2:1 s), oculta por los
siglos pero ahora disponible por el ministerio del Espíritu Santo, que
nos capacita para entender, al menos en parte, la mente del Señor, o
sea, la mente de Cristo (1 Co. 2:16).
3) La predicación de la salvación por fe en Jesucristo, el Evangelio
(Ro. 16:25; Ef. 6:19), que debe ser realizada por los siervos de
Jesucristo, que forman su Iglesia (Ef. 3:8-13; cf. v. 10).
4) La relación inefable entre el Señor y su Iglesia (Ef. 5:32), la
Cabeza y el Cuerpo.
5) La transformación y glorificación de los creyentes en la Segunda
Venida del Señor (1 Co. 15:5 1 s).
Sin embargo, el misterio de Dios no ha sido aún completamente revelado.
Todavía no podemos sino casi intuitivamente arañar su superficie.
Conocemos con certeza algunos hechos importantes -lo necesario para la
salvación-, pero, estamos muy lejos de conocer las cosas de Dios como
El conoce las nuestras (1 Co. 13:12). El resumen, en forma de himno, que
Pablo da en 1 Ti. 3:16 es ilustrativo: Dios se ha manifestado en
carne, es decir, se ha hecho hombre (Jn 1:1 y 14); el Espíritu
Santo da testimonio de ello (en el bautismo, en la transfiguración, en
Pentecostés, y actualmente en el corazón de todo creyente); los ángeles
lo presenciaron (en la concepción, en el nacimiento, [Lc. 2:8-15, tras
la tentación, [Mt. 4:1 1], en la resurrección, y actualmente en la
adoración celestial [He. 1:61); la proclamación y aceptación del
evangelio por todas las naciones (1 P. 2:9s; Ap. 5:9), y la ascensión
del Señor a los cielos (Hch. 1:9s).
Mas sólo tras la última trompeta será cumplido, completamente
revelado, el misterio de Dios (Ap. 10:7; cf. 1 Co. 15:52; 1 Ts. 4:16).
Esta revelación final, que podemos recitar pero difícilmente imaginar
en su inmensidad y significado, es que, «en el
cumplimiento de los Tiempos», Dios reunirá «todas
las cosas en Cristo, tanto las que están en los cielos como las que están
en la tierra» (Ef. 1:9s). Juan lo expresa así: «El
reino del mundo ha venido a ser el reino de nuestro Señor y de su
Cristo; y Él reinará por los siglos de los siglos» (Ap.
11: 15).
¡El misterio final, pues, es que el Padre comparte plenamente su
reino con su Hijo Jesucristo, y que ambos serán igualmente templo y luz
eternos en la Jerusalén celestial! (Ap. 21:22s).
(“La
Divinidad de Jesucristo vindicada: Señor mío y Dios mío”, Dr.
Fernando D. Saraví, Ed. CLIE, 1989 Terrassa, Barcelona. Pags. 35-37)
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