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EL
ARRIANISMO Cuando hoy en día hablamos de la peligrosa secta de origen masónico (que, créanme, es lo que es) autodenominada "Testigos de Jehová", de aparición con tal nombre en el S .XIX, deberíamos saber que en el siglo IV, en los orígenes del cristianismo, la cristología que este grupo profesa y enseña (que Jesús fue creado antes de las demás "cosas creadas", negando así su divinidad y su eternidad en unión con el Padre), estuvo a punto de triunfar sobre la postura "católica" o trinitaria (que hoy en día profesan Católicos Romanos, Ortodoxos y Protestantes) bajo el nombre de ARRIANISMO. El estudiante de la historia de la iglesia primitiva se sorprenderá al constatar que "por muy poco" esta postura casi se impuso sobre la fe apostólica, católica en el sentido primitivo del término. De hecho gran parte de la cristiandad de aquellos tormentosos años después de las últimas persecuciones, cuando el cristianismo se toleró y más tarde se convirtió en "Religión Oficial del Imperio Romano", fue arriana. Así por ejemplo los Visigodos que invadieron España tras la caída del Imperio Romano de Occidente, no lograron establecer su reino de manera eficaz hasta que no renegaron de su fe arriana a finales del S. VI A continuación se explica el origen de la controversia
arriana: Desde
sus mismos inicios, la iglesia había estado envuelta en controversias teológicas.
En tiempos del apóstol Pablo fue la cuestión de la relación entre judíos
y gentiles; después apareció la amenaza del gnosticismo y de otras doctrinas
semejantes; en el siglo III, cuando Cipriano era obispo de Cartago, se debatió
la cuestión de la restauración de los caídos.
Todas éstas fueron controversias importantes, y a veces amargas. Pero en aquellos casos había dos factores que limitaban el
fragor de las contiendas. El
primero era que el único modo de ganar el debate frente a los contrincantes era
la fuerza del argumento o de la fe. Cuando
dos bandos diferían en cuanto a cuál de ellos interpretaba el evangelio
correctamente, no era posible acudir a las autoridades imperiales para zanjar
las diferencias. El segundo factor
que limitaba el alcance de las controversias es que quienes estaban envueltos en
ellas siempre tenían otras preocupaciones además de la cuestión que se discutía.
Pablo, al mismo tiempo que escribía contra los judaizantes, se dedicaba
a la labor misionera, y siempre estaba expuesto a ser encarcelado, azotado, o
quizá muerto. Tanto Cipriano como
sus contrincantes sabían que la persecución que acababa de pasar no era la última,
y que por encima de ambos bandos todavía estaba el Imperio, que en cualquier
momento podía desatar una nueva tormenta.
Y lo mismo puede decirse de los cristianos que en el siglo segundo discutían
acerca del gnosticismo. Pero con el advenimiento de la paz de la
iglesia las circunstancias cambiaron. Ya
el peligro de la persecución parecía cada vez más remoto, y por tanto cuando
surgía una controversia teológica quienes estaban envueltos en ella se sentían
con más libertad para proseguir en el debate. Mucho más importante, sin embargo, fue el hecho de que ahora
el estado estaba interesado en que se resolvieran todos los conflictos que
pudieran aparecer entre los fieles. Constantino
pensaba que la iglesia debía ser "el cemento del Imperio", y por
tanto cualquier división en ella le parecía amenazar la unidad del Imperio.
Por tanto, ya desde tiempos de Constantino, según veremos en el presente
capítulo, el estado comenzó a utilizar su poder para aplastar las diferencias
de opinión que surgían dentro de la iglesia.
Es muy posible que tales opiniones disidentes de veras hayan sido
contrarias a la verdadera doctrina cristiana, y que por tanto hayan hecho bien
en desaparecer. Pero el peligro
estaba en que, en lugar de permitir que se descubriera la verdad mediante el
debate teológico y la autoridad de las Escrituras, muchos gobernantes trataron
de simplificar este proceso sencillamente decidiendo que tal o cual partido
estaba errado, y ordenándole callar. El
resultado fue que en muchos casos los contendientes, en lugar de tratar de
convencer a sus opositores o al resto de la iglesia, trataron de convencer al
emperador. Pronto el debate teológico
descendió al nivel de la intriga política -particularmente en el siglo V (que
no se trata en este página WEB). Todo esto comienza a verse en el caso de
la controversia arriana, que comenzó como un debate local, creció hasta
convertirse en una seria disensión en la que Constantino creyó deber
intervenir, y poco después dio en una serie de intrigas políticas.
Pero si nos percatamos del espíritu de los tiempos, lo que ha de
sorprendernos no es tanto esto como el hecho de que a través de todo ello la
iglesia supo hacer decisiones sabias, rechazando aquellas doctrinas que de un
modo u otro ponían en peligro el mensaje cristiano. Los
orígenes de la controversia arriana Las
raíces de la controversia arriana se remontan a tiempos muy anteriores a
Constantino, pues se encuentran en el modo en que, a través de la obra de
Justino, Clemente de Alejandría, Orígenes y otros, la iglesia entendía la
naturaleza de Dios. Cuando los
cristianos de los primeros siglos se lanzaron por el mundo a proclamar el
evangelio, se les acusaba de ateos e ignorantes. En efecto, ellos no tenían dioses que se pudieran ver o
palpar, como los tenían los paganos. En
respuesta a tales acusaciones, algunos cristianos apelaron a aquellas personas a
quienes la antigüedad consideraba sabios por excelencia, es decir, a los filósofos.
Los mejores de entre los filósofos paganos habían dicho que por encima
de todo el universo se encuentra un ser supremo, y algunos habían llegado hasta
a decir que los dioses paganos eran hechura humana. Apelando a tales sabios, los
cristianos empezaron a decir que ellos también, al igual que los filósofos de
antaño, creían en un solo ser supremo, y que ese ser era Dios.
Este argumento era fuertemente convincente, y no cabe duda de que
contribuyó a la aceptación del cristianismo por parte de muchos intelectuales. Pero
ese argumento encerraba un peligro. Era
muy posible que los cristianos, en su afán por mostrar la compatibilidad entre
su fe y la filosofía, llegaran a convencerse a sí mismos de que el mejor modo
de concebir a Dios era, no como lo habían hecho los profetas y otros autores
escriturarios, sino más bien como Platón, Plotino y otros.
Puesto que estos filósofos concebían la perfección como algo
inmutable, impasible y estático, muchos cristianos llegaron a la conclusión de
que tal era el Dios de que hablaban las Escrituras.
Naturalmente, para esto era necesario resolver el conflicto entre esa
idea de Dios y la que aparece en las Escrituras, donde Dios es activo, donde
Dios se duele con los que sufren, y donde
Dios interviene en la historia. Este
conflicto entre las Escrituras y la filosofía en lo que se refiere a la
doctrina de Dios se resolvió de dos modos. Uno
de ellos fue la interpretación alegórica de las Escrituras.
Según esa interpretación, dondequiera que las Escrituras se referían a
algo "indigno" de Dios -es decir, a algo que se oponía al modo en que
los filósofos concebían al ser supremo- esto no debía interpretarse
literalmente, sino alegóricamente. Así,
por ejemplo, si las Escrituras se refieren a Dios hablando, esto no ha de
entenderse literalmente, puesto que un ser inmutable no habla.
Intelectualmente, esto satisfizo a muchos. Pero emocionalmente esto dejaba mucho que desear, pues la
vida de la iglesia se basaba en la idea de que era posible tener una relación
íntima con un Dios personal, y el ser supremo inmutable, impasible, estático y
lejano de los filósofos no era en modo alguno personal. Esto
dio origen al segundo modo de resolver el conflicto entre la idea de Dios de los
filósofos y el testimonio de las Escrituras. Este segundo modo era la doctrina del Logos o Verbo, según la desarrollaron Justino, Clemente, Orígenes
y otros. Según esta doctrina,
aunque es cierto que Dios mismo -el "Padre"- es inmutable, impasible,
etc., Dios tiene un Verbo, Palabra, Logos o Razón que sí es personal, y que se
relaciona directamente con el mundo y con los seres humanos.
Por esta razón, Justino dice que cuando Dios le habló a Moisés, quien
habló no fue el Padre, sino el Verbo. Debido
a la influencia de Orígenes y de sus discípulos, este modo de ver las cosas se
había difundido por toda la iglesia oriental -es decir, la iglesia que hablaba
griego en lugar de latín. Este fue
el contexto dentro del cual se desarrolló la controversia arriana, y a la larga
el resultado de esa controversia fue mostrar el error de ver las cosas de esta
manera. Arrio
decía que el Verbo no era Dios, sino que era la primera de todas las criaturas.
Nótese que lo que Arrio decía no era que el Verbo no hubiera
preexistido antes del nacimiento de Jesús.
En esa preexistencia todos estaban de acuerdo.
Lo que Arrio decía era que el Verbo, aún antes de toda la creación,
había sido creado por Dios. Alejandro
decía que el Verbo, por ser divino, no era una criatura, sino que había
existido siempre con Dios. Dicho de
otro modo, si se tratara de trazar una línea divisoria entre Dios y las
criaturas, Arrio trazaría la línea entre Dios y el Verbo, colocando así al
Verbo como la primera de las criaturas, mientras que Alejandro trazaría la línea
de tal modo que el Verbo quedara junto a Dios, en distinción de las criaturas. Cada
uno de los dos partidos tenía -además de ciertos textos bíblicos favoritos-
razones lógicas por las que le parecía que la posición de su contrincante era
insostenible. El
conflicto salió a la luz pública cuando Alejandro, apelando a su
responsabilidad y autoridad episcopal, condenó las doctrinas de Arrio y le
depuso de sus cargos en la iglesia de Alejandría. Arrio no aceptó este veredicto, sino que apeló a la vez a
las masas y a varios obispos prominentes que habían sido sus condiscípulos en Antioquia-
Pronto hubo protestas populares en Alejandría, donde las gentes marchaban por
las calles cantando los refranes teológicos de Arrio.
Además, los obispos a quienes Arrio había escrito respondieron
declarando que Arrio tenía razón, y que era Alejandro quien estaba enseñando
doctrinas falsas. Luego, el debate
local en Alejandría amenazaba volverse un cisma general que podría llegar a
dividir a toda la iglesia oriental. En esto estaban las cosas cuando Constantino, que acababa de derrotar a Licánio, decidió tomar cartas; en el asunto. Su primera gestión consistió en enviar al obispo de Córdoba, su consejero en materias eclesiásticas, para que tratar de reconciliar a las partes en conflicto. Pero cuando Osio le informó que las raíces de la disputa eran profundas, y que la disensión no podía resolverse mediante gestiones individuales, Constantino decidió dar un paso que había estado considerando por algún tiempo: convocar a una gran asamblea o concilio de todos los obispos cristianos, para poner en orden, la vida de la iglesia, y para decidir acerca de la controversia arriana. (Artículo de la Obra "Una Historia Ilustrada del Cristianismo" Tomo 2 Págs. 87-92; Ed. Caribe, 1978 Miami, Florida) Notará el lector que quien convocó el concilio fue el mismo emperador Romano, un hombre no cristiano (pese a lo que algunos quieran hacer ver) y adorador del "Sol Invicto". Lo que el enemigo de la fe no había logrado con las persecuciones, los leones y los tormentos, estaba ahora a punto de lograrlo por medio de métodos más sutiles y efectivos. El paganismo, el culto romano, el antisemitismo y todo tipo de nefastas cosas entrarán ahora de manera velada en una iglesia que recién probada por el tormento de las persecuciones, no supo desembarazarse de las disputas doctrinales y teológicas, y del orgullo humano que se levanta contra Dios. Habiendo acabado las persecuciones en el año 311, en una fecha tan temprana como el 314 al 321 los que una vez fueron perseguidos, ahora se convertirían en perseguidores de todo aquel que no pensaba en uniformidad a las doctrinas "oficiales" (Católicos persiguieron a los donatistas, arrianos a los católicos, católicos a los arrianos, todos de la manos del poder civil e imperial, según interesase a éste en el momento). Pero eso lo veremos más adelante. J. P. V. |